Identidad y Lazos de Sangre

Juan Travnik
Publicado en el catálogo de la FotoGalería del Teatro San Martín –
Complejo Teatral de Buenos Aires, Argentina /
Octubre – Noviembre de 2000

Los recuerdos, los sueños y las fantasías que guarda la memoria, tienen una presencia cada vez más notable en las artes visuales contemporáneas. No sólo como el aporte de una proyección inconsciente del autor, situación que todo acto creativo pone en juego, sino ocupando un espacio central en la temática y en el desarrollo visual de las diferentes propuestas.

Estos planteos conceptuales sobre el funcionamiento de la memoria y su importancia en el desarrollo de la identidad, junto con el uso del cuerpo mismo del autor tomado como escenario en el que se dirimen los conflictos y las problemáticas actuales, han caracterizado buena parte del discurso de las artes visuales en las últimas décadas.

Identidad y Lazos de sangre, los ensayos de Analía Piscitelli, forman parte de este tipo de planteos. En ambos, se privilegia el valor de símbolo que puede tener la fotografía, articulando una serie de metáforas por sobre la idea de un medio que funciona construyendo imágenes como reemplazo directo de la realidad. Transitando caminos formales diferentes, los dos conjuntos parecen, no obstante, tener como punto de convergencia la indagación de un mundo interior, personal e intransferible. En Identidad, las exposiciones múltiples crean capas de funcionamiento independiente, superponiendo sueños y sensaciones del pasado con imágenes del presente. En un contexto visual fuertemente onírico parecen desarrollarse los duelos, los misterios de alguna ausencia y sensaciones traídas de una adolescencia en la que el personaje se confunde con el agua, convive con la tierra y el aire, para diluirse luego en extrañas lenguas de fuego que terminan en un movimiento imprevisible y vertiginoso.

Con Lazos de sangre la estructura visual es más osada y compleja. Dípticos y trípticos desnudan los pliegues de un mundo interior en el que las imágenes dan cuenta de las desesperanzas, los conflictos y las frustraciones del mundo adulto. Casi diluidas en la imagen aparecen unas alas blancas, alas que permiten, al menos, mantener vivo algún deseo.





De Atrás para Adelante

Victoria Szuchmacher
Publicado en el catálogo de la Galería Arte x Arte
Buenos Aires, Argentina /
Agosto – Septiembre de 2002

La obra de Analía Piscitelli se inscribe en un mundo sugerente de sucesivas transportaciones. Fotografías, en donde las imágenes nos van a invadir para conmovernos, apelando a nuestra interioridad.

En esta muestra, el mundo propioceptivo de la fotógrafa, se va a proyectar sobre los objetos, dándoles resonancias, cadencias, a veces infantiles, otras de una conmovedora nostalgia, para virar abruptamente a la extrañeza o a la ambigüedad, en una deliberada exploración del limite entre lo interno y lo externo, entre el candor y la suspicacia, o de los tantos contrapuestos que constituyen la experiencia humana.

A diferencia de trabajos anteriores que presentaban una indudable unidad temática con intención casi obsesiva, ésta es una manifestación de propuestas plurales, punto de partida de caminos diversos en los que se asoma la capacidad de versatilidad de la artista .Como una explosión del sensorio liberado, gozosamente, como en una fiesta, a la que le da, para reafirmar su intención de vuelo, forma de barriletes.

Su mundo aparecerá representado en registros dramáticos de la realidad o envolturas íntimas, o en combinaciones que convocan cómplicemente al observador, involucrándolo e invitándolo a participar, a ser parte.

Como si dijera: "No cuenten conmigo", "Soltare el hilo" y entre tanto "Modelo para desarmar", encontraré "Modelos para armar" y con " Gesto" y "Luz propia" pero "En otro suelo", marcharé " De atrás para adelante".

* Entre comillas, títulos de las obras






La imagen en fuga

Jorge Abbondanza
Publicado en el Diario El País
Montevideo, Uruguay / 10 de julio de 2003

Hay que afinar la mirada y tratar de hacerlo en la misma medida
en que Analía Piscitelli va afinando con el tiempo su lenguaje fotográfico. Parece extraordinario el camino que sigue la artista con su obra actual, porque se trata de imágenes en fuga,
como si se distanciara de lo que suele ser la meta
de la mayoría de sus colegas.

Para ellos la búsqueda visual consiste en internarse en el tejido mismo del motivo elegido. El ojo de ellos suele examinar un tema, penetrar el él y a veces rasgarlo, como si se tratara
de una cirugía excavadora.

Analía, en cambio, se distancia de los objetos físicos que registra (aunque los atraviese, pero con la asepsia de una placa radiográfica). Y al distanciarse –quizá para ver mejor a través de ellos- apela a varios recursos: la esfumatura, la transparencia, la fragmentación, la finísima gama de grises en que los contornos se evaporan. Así la fotografía deja de ser un arma de penetración o de impacto para convertirse en la brújula de una exploración, aguja que como se sabe vibra sin cesar buscando el punto cardinal, de la misma forma en que la sensibilidad de esta creadora se conmueve ante los seres y las cosas que escoge.

Más allá de la imagen (que para ella es apenas un elemento conductor) está la vida: la misma que se refugia sin mostrarse en el caparazón de los caracoles o que pende de un hilo igual que los barriletes o que surge de una fusión matrimonial como alianza fecundadora o que se lee en la médula de los troncos tajeados o que se abre con fugacidad en una gran flor. Todas esas pistas figuran en este viaje de Analía, donde el pasado se trasluce en una mantilla de encaje cuya luz se filtra igual que la memoria, subiendo luego hasta el múltiple rayo solar de uno de sus trípticos.

Para que todo ello invada doblemente al contemplador, Analía diversifica sus herramientas y agrega –en una laboriosa artesanía que el montaje de sus obras ya delata- elementos corpóreos (varillas de vidrio agrupadas, tules armados sobre alambre) como otra red para pescar a un visitante ya atrapado por los velos de su lenguaje. En el más enigmático de todos ellos , un ojo parece fijarse en quien lo observa, como centro de una menuda imagen rodeada por las vastedades blancas del soporte.
Allí Analía nos devuelve finalmente la mirada.

 

 

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